
Primero es el miedo. Un miedo muy parecido a la sensación que teníamos cuando íbamos a rendir un examen importante. Debilidad en las piernas, ansiedad, nervios.
Al soltar amarras, estar sueltos, perder la inmovilidad y estar a merced de cualquier brisa o corriente de agua.
Después, a medida que pasa el tiempo, media hora, una hora, dos…es como que el examen va yendo bien y nos vamos calmando y vamos dando paso a otra sensación igualmente fuerte.
El viento aumenta, izo la vela mayor, desenrollo todo el genoa y el barco comienza a cabalgar con fuerza y en silencio.
Entonces, desde la popa tengo la sensación de que es inmensamente largo y potente. Me siento embriagado.
Casi eufórico… es una sensación fuerte. Dan ganas como de gritar o reír. Pero me contengo. Es alegría, es fuerza.
La preocupación continúa pero es distinta. Es solo la responsabilidad. Estar atentos, anticipar. Tratar de anticipar todo lo que podamos.
Tengo que arrojar al agua el enorme Aloe Vera que me regaló Antonio porque con esta mar se ha caído de la mesa del cockpit y se destrozó rodando por la bañera. Parece que encontró solo su estiba. Sonrío porque a mí ya se me había pasado por la cabeza.
Nos vamos transformando en una sola cosa, el barco, el mar y yo. Nos movemos juntos. Subimos y bajamos juntos, con fuerza, con espectacularidad, pero armónicamente.
Entonces parece que siempre estuvimos haciendo esto y que es como caminar. Nos sale sin pensar. Nos entusiasma. Queremos más.
…y tenemos más. El viento aumenta. El cielo que estaba gris plomo se pone negro, llueve fuerte…y, de repente, lo que no habíamos anticipado; lo que no habíamos pensado. Tenemos una vela en el agua y se enreda en la hélice y el timón. No tenemos ni propulsión ni timón.

Parece que nos quedamos sin alternativas. Pienso rápido pero no encuentro soluciones. Solo fondear antes que el viento y las olas, que, ahora son bastante grandes, nos arrojen sobre la costa. Tenemos bastante respeto sobre la costa, así que eso me tranquiliza.
Que necesito para solucionar esto? El ideal sería estar tranquilo, no tener que estar mirando la costa todo el tiempo con la preocupación de que terminaremos inexorablemente arrojados allí.
Si el velero que navega a nuestra proa viniera y le arrojáramos un cabo ya estaríamos tranquilos para arreglar el problema. Pero no viene, dice que él también tiene problemas con el motor. Ya sabrá la conciencia del Capitán del “Maná 1” si hizo lo correcto.
Yo lo tomo bien, es fácil ponerse del otro lado y entender que en estas condiciones no es fácil maniobrar. Es mejor que lo hagan los que están preparados para estas cosas. Solo que es posible que no se nos olvide rápidamente el nombre del barco…
Ahora que estamos derivando, entra agua por la popa. No mucha, pero suficiente para que hayamos perdido la compostura y empecemos a estar francamente mojados, sin traje de agua ni botas de goma, claro. Para que podrían hacernos falta?
A esta altura ya me salteo esa etapa y me pongo traje semiseco de neoprene porque aquí va a haber que ir al agua.
Pero por ahora ni pensarlo, quizás si llega la lancha de salvataje y le paso un cabo...

En el la carta del plotter estoy viendo que vamos a derivar exactamente sobre un bajo importante que hasta tiene nombre, Placer de Meca. No es un bajo peligroso, por lo menos con este mar, porque tiene entre 8 y 9 metros de profundidad.
Cuando empezamos a pasar por sobre el bajo dejo caer el fondeo y le doy cadena. Mucha cadena. También suelto el orinque que está preparado con boyarín colocado. En poco rato se hace evidente que estamos quietos. El barco presenta la proa al viento y el movimiento se hace ostensiblemente mas tranquilo. Ahora puedo ocuparme de arreglar nuestro problema.
El movimiento que tiene el barco fondeado, hacia arriba y hacia abajo, mas la ola, ayudan a desprender lentamente la vela y su escota.

Un poco más tarde está totalmente a popa y empiezo a subirla a bordo, palmo a palmo. Pero es inmensa, parece no terminarse nunca y tengo los brazos extenuados. Voy haciendo pausas y, por fin, logro tenerla toda a bordo.
Debajo del agua compruebo que estamos efectivamente libres, no hay nada que nos impida la propulsión ni la maniobra.
Siento necesidad de avisarle a los del salvataje que hemos superado la emergencia. Mejor espero a haber levantado el fondeo. Efectivamente, se enganchó en algo. Llego encima de ella y ya no sube más. Recojo el orinque pero apenas me da el largo para subirlo a cubierta y, por más que tiro, no puedo recoger el fondeo por el orinque. La cadena está casi vertical bajo la proa del barco.
Vuelvo al cockpit y le doy máquina avante aumentando las revoluciones. Creo que estamos navegando. Vuelvo a bajar las revoluciones y voy a proa a terminar de levantar el fondeo y el orinque. Ahora está libre y no hay problema. Pronto lo tengo todo a bordo y en orden.
Ahora sí llamo a los del salvataje y les aviso. Han pasado como dos horas de la media hora que dijeron que tardarían y no aparecieron. Al rato vuelven a contactarme para confirmar que no necesito nada. Igual vienen al cabo de otro buen rato y navegan un poco con nosotros. Es una linda visión, la lancha completamente naranja saltando sobre las olas casi negras y levantando un montón de espuma. Nos sacamos mutuamente fotos y nos saludamos.
El viento sigue y entramos a puerto con mucho viento. Pero ahora ya nada importa y estoy muy tranquilo.
Amarramos sin ningún problema y después de asegurar el barco, hacer el ingreso en la marina y adujar un poco, me quito el traje de neoprene y me doy una ducha caliente de esas que nos devuelven la vida.

Siento que he vivido un montón en unas pocas horas, como su hubiera crecido y me siento reconfortado. Duermo tranquilo. Mucho mas tranquilo que anoche, que la ansiedad y los nervios no me dejaron hacerlo demasiado bien. Tengo ganas de seguir.
“Ah, sí., velero Pionero, un solo tripulante, verdad?”. La operadora de la radio de Tarífa Tráfico ya me conoce.
Desde Tarifa empiezo a cruzar el estrecho en diagonal hacia el sudeste. Primero atravieso el carril por el cual vienen saliendo los buques del Mediterráneo. Es el carril mas fácil porque como vienen de frente pasan rápido y, al cruzar la popa de uno de ellos nos queda suficiente distancia antes de que llegue el próximo. Aunque son como un tren contínuo, separados por una distancia de…no sé, una milla?
Me gustaría hacer una foto de este tren de buques cargueros, pero con la pequeña cámara digital no es posible lograr una toma que lo muestre bien. Lástima.
Ahora estoy por entrar al otro carril, el de la mano derecha, que entra al mar Mediterráneo. Aquí es más difícil porque los barcos vienen de atrás y no queremos estar navegando en su proa. Pero igual no tenemos complicaciones. Solo un pesquero, siempre los pesqueros, que viene a toda máquina, a contramano y vamos en rumbo de colición. Lo llamo por radio para asegurarme que estan mirando y que me están viendo, pero no contestan. Al poco rato los llama la radio de Tarifa Tráfico, a la que si le contestan, y les dice si no me oyen a mí que los estoy llamando para que me maniobre y “mejor te vas a buscar el atún un poco mas al norte porque ahí vas a la contra”.
Al salir de la zona demarcada para la separación de tráfico, me siento mas aliviado. Aquí no deben navegar los buques grandes y vamos mas tranquilos. Paso cerquita frente a Ceuta y viro el cabo poniendo rumbo al sur. Ya estoy en el Mediterráneo y en el continente Africano.
Atraco en el muelle de espera de Marina Smir, en Marruecos. Donde el propio Capitán de Puerto me ayuda a hacer la maniobra.
En la Marina hago la entrada del barco, de lo cual pido copia y en la Policía, que tiene una oficina en el mismo edificio, me sellan el pasaporte. Rápido, sin inconvenientes.
Me hace acordar un poco a Puerto Sherry porque no hay una ciudad y hay varias construcciones sin terminar. Proyectos de urbanizaciones que quiebran y esas historias. De los pocos lugares de comida que hay solo uno está abierto en esta epoca.

Alcanzo a dar una vuelta por la marina y hacer algunas fotos. Después muevo el barco a otro muelle para cargar gasoil y al terminar lo vuelvo a dejar en el muelle de espera.
No son marinas flotantes. Son todos muelles de cemento. La marea es de mas o menos un metro.
Voy a comer al único lugar que hay abierto, pero no es muy entretenido. Solo las tripulaciones de tres veleros ingleses de una escuela de vela. No muy autóctonos.
Al otro día tenemos bastante viento del norte. Hago los trámites de salida, igual a los de ingreso y suelto amarras. Esta vez me tuvieron que ayudar el Capitán de Puerto y dos marineros más porque el viento soplaba fuerte sobre tierra, pegando el barco al muelle y no lo podía hacer pivotar sobre la proa porque la marea estaba baja y tocaba el botalón contra el muro de cemento.
Por lo tanto me fueron separando del muelle a fuerza humana y fui avanzando despacio hasta que se terminó el muelle y quedé libre para maniobrar.
Me voy con una muy buena impresión de la gente de la Marina.
Afuera del espigón del puerto está bastante feo y empieza a llover. Vamos directamente al viento y la ola un poquito del través. Pero esto dura solo hasta virar el cabo de Ceuta y entrar en el estrecho de Gibraltar, donde el viento continúa, pero ahora nos entra por la aleta. También deja de llover y, por momentos, se deja ver el sol.

De nuevo cruzamos los carriles de separación de tráfico y pasamos frente a Tarifa. Todas las velas arriba y navegación en silencio. Vamos a 8 y 9 nudos y barrenamos las olas a 10 y 11. Así sí.
Instalo en el cockpit el GPS portátil del auto y descubro que ahora puedo ver cuales son cada uno de esos pueblitos que veo sobre la costa y como llegan los caminos a ellos. Las cartas marinas tienen casi nula información sobre tierra. Es un complemento muy divertido.
La entrada al puerto de Barbate no tiene ninguna complicación y hago el ingreso y dejo pagada la noche que voy a estar, para poder salir mañana sin perder tiempo. Aquí no hay adonde ir así que como en el barco.
A la mañana el viento en calma, después de preparar el mate y calentar el motor suelto las amarras y empujo el barco con la mano para separar la popa del muelle y del pantalán de la gasolinera, que me corta la retirada.
Me subo al barco cuando empieza a apartarse y espero hasta que la popa está libre. Salgo despacio marcha atrás hasta estar en el canal de salida.
Hoy no se ve una nube. Por fín tenemos un sol radiante. Pero tampoco tenemos viento. Así que vamos a motor. Tranquilos. El mar también está prácticamente en calma.
Paso por fuera el bajo de la Aceitera y puedo observar el fenómeno del que había oído hablar. Con el resto del mar casi calmado, solo una muy larga y pequeña marejada, sobre el bajo se forma una ola sin rompiente que parece un chichón de agua. Como una pila de tierra. Imagino que a las embarcaciones ligeras les debe dar una buena movida y eso es lo que genera todo lo que se dice sobre los peligrosos movimientos del agua sobre el bajo de la Aceitera.
Cuando llego a Puerto Sherry, está tan calmado que rechazo la ayuda que me ofrece el operador de la radio y atraco de popa al pantalán sin ningún problema.
Paul, de la goleta inglesa “Niñita”, con quien nos conocimos en la Ría de Arouza, en Galicia, me viene a dar una mano con los cabos cuando se dá cuenta que he regresado.
El día está espectacular, la temperatura muy agradable y me siento muy bien. Tengo mi secreto, siento que he cumplido la misión.
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